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Raquel, la mujer símbolo de la vida en las Sierras

19-09-2016

Tiene 93 años y vive con su hija de 70 en San Ignacio, pequeño pueblo de Calamuchita. Atienden una despensa con bar y sostienen una granja de la que se alimentan. Tal como lo hacían décadas atrás.

El gorro de lana le cubre la cicatriz de una guerra ganada al cáncer. Camina con dificultad, luego de la fractura de cadera que sufrió tres años atrás, cuando se enredó con unos hilos mientras alimentaba las aves en el corral. Pero Raquel Reyna, a sus 93 años, sigue y sigue. Es un personaje de su pequeño pueblo. Un símbolo de la vida sencilla en los más pequeños parajes serranos.

“Acá me conocen todos, soy de las habitantes más antiguas”, dice, apoyada en la tranquera de su casa, en San Ignacio, comuna ubicada a metros del lago Embalse, en Calamuchita. Tanta historia personal acumula Raquel que ese lago, el mayor de Córdoba, se llenó de agua un puñado de años antes de que ella llegara al lugar.

Oriunda de Tulumba, en el norte cordobés, se radicó en el valle de Calamuchita cuando se casó, a los 17 años. Había quedado huérfana de pequeña y tomó el casamiento como el pasaporte a cierta libertad, como también lo hizo su hermana. Sus padres murieron antes de los 50.

Hoy, junto a su hija Rosa –de 70 años– atiende una pequeña despensa, con una galería que improvisa como anexo un bar de dos mesas y sillas de madera. Es una postal de pequeña aldea. 

Durante décadas fue una proveeduría que funcionaba en el comedor de la casa, con azúcar, yerba y alimentos básicos. Luego, convirtieron un galponcito en un pequeño negocio surtido que combina despensa y bar.

El local está a metros de la antigua casa con aljibe y patio de tierra, por donde corretean patos, gallinas y pavos. Madre e hija también crían vacas, pollos y corderos. 

Rosa, la hija de 70, sale en su bicicleta a arrear las vacas y la siguen los cinco perros. “Están esperándola para salir con ella”, cronica su madre. Rosa no para un minuto, va y viene. Mientras coloca llave a la despensa, cuenta que en tres días las gallinas pusieron 70 docenas de huevos, que ahora podrá vender.

Dos y cinco

“Yo tengo dos hijas propias y he criado cinco mujeres”, dispara Raquel, que en un rato hilvana de corrido un puñado de historias. Explica que una empleada doméstica se fue detrás de “un camionero”, abandonando a una hijita de 1 año, que ella crió. 

Recuerda también que a su primer marido y padre de sus hijas, lo baleó un vecino, con quien tenía una disputa por los animales que entraban a su campo y le pisaban los cultivos. “Lo arregló revólver en mano, pero se recuperó del balazo y vivió casi hasta los 100 años”, precisó.

Desde que se fracturó, Raquel trabaja menos pero sigue ayudando en las tareas domésticas y en las de la granja. Asegura que hasta los 90, antes de la quebradura, “andaba podando, arriba de los árboles”.

En su juventud, pasaba hasta 12 horas diarias labrando la tierra, primero de a pie, con un arado mancera de los que se colocan detrás de un animal, y luego, subida a un tractor. A su hija que era bebé la dejaba en un cesto con una manta, en un “montecito de chañares”, mientras iba y venía. 

“Por este camino no había ninguna de esas casas, era todo puro campo”, señala. Ahora, hay varias viviendas, clubes náuticos y campings que asoman al lago.

Apenas se casó, se mudó a Calamuchita a una casa prestada, pero al obtener la mayoría de edad, regresó a Tulumba a vender lo que había heredado. Con ese dinero compró una hectárea de campo y una casita que arreglaron para vivir en San Ignacio. 

Pasan los años y sigue allí, con su proveeduría ampliada y sus animales. Sigue ahí, haciendo honor a la vida sencilla, despojada y esforzada de pago chico, sin fama pero con reconocimiento.

También “arqueóloga”

La segunda pareja de Raquel, el ya fallecido Miguel Pérez –que fue juez de Paz– fue un gran coleccionista de objetos de aborígenes y llegó a tener prácticamente un museo arqueológico casero. Luego, vendieron algunas piezas y regalaron otras. 

Es que esta zona, donde el río Grande desemboca en el lago, fue asentamiento de comechingones. Cada erosión de las barrancas pegadas al lago dejaba al descubierto cananas, puntas de flechas y cacharros. Hasta restos óseos de aborígenes fueron encontrados. Raquel pasó muchas siestas soleadas buscando objetos por la costa del lago, con sus hijas de la mano. Fueron, a su modo, “arqueólogas” aficionadas, rastreadoras de esas huellas de la historia dejada por los pueblos originarios que poblaron esta zona serrana.

Consejos de longevidad

Raquel adjudica a la alimentación más sana y casera que tuvo durante toda su vida uno de los secretos de su activa longevidad. “Comíamos el maíz que cosechábamos y molíamos en un mortero, locro, mazamorra, todo era de la casa, y la carne era de los animales que criábamos, no comíamos tantas cosas sofisticadas como hay ahora”, apunta.

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